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martes, 1 de marzo de 2016

46 - Filipinas - Islas de Gigantes

Del 1 al 3 de Enero, 2016

El primer día del año 2016 nos despertamos bastante temprano. Aún el pueblo, incluso los gallos, parecía que estaba en un silencio sólo explicable por la resaca de la fiesta de la noche anterior. Nos preparamos el desayuno, ya que tomarlo en los hoteles hasta ahora no nos había convenido ni por precio ni por calidad, e intentamos ir a darnos un baño a la piscina del complejo (acción de la que también desistimos por el mismo motivo...).



Preparamos nuestras cosas y bajamos cargados hacia el puerto, nos paramos en una panadería que estaba abierta a comprar pandesal, unos pancitos dulzones riquísimos que normalmente los venden por 1PhP cada uno (0,02€). Para esto tuvimos que esperar a que se despierte el panadero, también probablemente afectado por la resaca de la fiesta de nochevieja.





Era curioso ver el pueblo casi desierto, algunos puestos o comercios habían abierto, pero en general estaba todo muy tranquilo. En la terminal de pasajeros del puerto ocurría algo similar y por un rato estuvimos preguntándonos si saldrían las bangkas que iban a las islas.




Progresivamente fue llegando más gente, una señora funcionaria de la municipalidad para cobrarnos la tasa portuaria y un grupo de niños con sus maestros. También apareció un vendedor, de los que no se toman ni un día libre, para ofrecernos los servicios del resort Hideaway, en la isla Gigantes norte. Nosotros teníamos agendado ese lugar, pero él nos ofrecía todo un pack completo, traslados, tours por las islas, excursiones, pensión completa, alojamiento y un "sí" a todas las preguntas que le hacíamos. Cómo estábamos de año nuevo y no queríamos pensar demasiado, aceptamos la propuesta, unos 2800Php (56€) por persona todo incluido tres días y dos noches, y playa frente al hotel para pegarnos un buen baño. Prometido.

Siguieron llegando más pasajeros y entre ellos María y Andrey, una joven pareja de Vladivostok, Rusia, a los que también vendieron el mismo paquete y con los que nos quedamos charlando sobre nuestras experiencias en el país. Andrey y Pablo fueron a dar una vuelta por el mercado del pueblo, tomaron un par de cervezas y buscaron algo para comer.

Pasada la hora de salida de la bangka, aún no teníamos noticias de si realmente partiría o no. El vendedor de la compañía comenzó a hacer llamadas varias y al final parece que arreglaron con unos u otros, apareció una embarcación y todos nos subimos a ella.





Después de serpentear una hora y media entre islas e islotes, incluida una que parecía la clásica de las caricaturas, con una sola palmera, llegamos a Gigantes Norte. 






Esta isla, como su hermana, Gigantes Sur, a contrario de lo que indica su nombre, es muy pequeña, y su población se dedica mayoritariamente a la pesca artesanal y a la recolección de unas ostras que se llaman scallops, por lo que casi toda la costa de la zona habitada se encuentra llena de montañas de conchas vacías.





Unos chicos que se presentaron como personal del complejo nos organizaron  y nos dividieron en parejas para luego subirnos en motos de pequeña cilindrada por la única calle del pueblo hasta el Hideway Resort, nos hicieron esperar un momento, café mediante y luego nos designaron lo que sería nuestro "asistente personal" durante toda nuestra estancia.

Después de la bienvenida y presentación nos mostraron nuestro bungalow, que difería bastante de lo prometido, igual que el complejo, que no tenía playa enfrente, sino un manglar en el cual era bastante difícil pegarse un baño. Luego de explicarle esto a nuestro asistente y a la encargada y que ellos reconocieran el error, nos ofrecieron hospedarnos en unas cabañas anexas que tienen en una isla enfrente de gigantes, donde estaríamos completamente solos salvo nuestro asistente y un cocinero... y con playa (sólo con marea alta).









Antes de cruzar a la otra isla hicimos la primera excursión programada, la visita a un antiguo faro español en desuso pero con unas vistas preciosas. Teníamos que ir a ver la puesta de sol a algún otro lado, pero esa parte del tour se perdió, en cambio nos cruzaron a "nuestra isla" y disfrutamos del mar por un buen rato antes de que oscurezca, eso sí, con calzado, debido a los abundantes trozos de vidrios y latas.











El lugar era precioso y nos gustó, pero desgraciadamente también dejaba un poco que desear la higiene del baño. Se ve realmente una intención de hacer todo lo mejor posible, pero pasan mayormente el tiempo barriendo hojas y nada, pero nada en asear los sanitarios.






Más tarde nos prepararon una esmerada cena de mariscos y un buen plato de scallops que estaban riquísimos.








Pensábamos que en nuestra propia isla, alejados de los karaokes y gallos dormiríamos mejor, pero otra vez nos equivocamos, un par de perros que pertenecían al complejo y un gato que no paraba de maullar, incluso colándose justo debajo de donde dormíamos nosotros en nuestra cabaña, nos siguió confirmando lo de que en Filipinas, el sueño es difícil...

Por la mañana nos despertamos temprano porque a las 7 nos servían el desayuno que nunca llegaba. Aunque la marea bajaba pudimos darnos un baño y Pablo hacer snorkel entre unos bosques de algas.
Tampoco nos daban información de cuando íbamos a partir para la excursión de visita a 5 islas cercanas.









A eso de las 10:30 con la bajamar nuestros asistentes trajeron el desayuno (aunque ya habíamos dicho que nos lo descontasen del precio final) y luego nos pasaron a buscar con una bangka sólo para nosotros y nuestro asistente.






Visitamos primero Sand Bar Island, una isla que tiene una gran barra de arena, luego Cabugao, Antonia y también un sitio que se llama Tangke Lagoon, un pequeño lago que se forma dentro de una isla con marea alta. Ellos nos llevaron con la marea baja, así que no lo pudimos apreciar en plenitud, aunque nos divertimos sacándonos fotos con nuestro nuevo amigo Leon Wu, un jóven chino que vive y trabaja en la ciudad de Iloilo. Un funcionario que estaba en el sitio se encargó, aparte de nosotros, de reprender a nuestro asistente por la falta de organización, ya que sabían de antemano los horarios de las mareas, y a que a los otros grupos (en realidad cada pareja o turista por separado tenía un asistente y una bangka asignada) los habían traído antes, o después, con pleamar.









(Foto cortesía Leon Wu)





Regresamos a nuestra isla, donde nos prepararon otra estupenda comida y nos trasladaron al complejo principal, donde nos habían preparado una habitación en mejores condiciones. Más tarde nos acompañaron con otro guía para nosotros solos a una gran caverna que sirve de refugio a los alrededor de 3000 habitantes de la isla en caso de tifón.








A la vuelta nos tomamos nuestro tiempo caminando y paseando por el pueblo y después de cenar nos quedamos haciendo sobremesa con nuestros amigos rusos Andrey y María.











Nuestra reflexión sobre nuestra estadía en el Hideaway fue que el turismo en la isla es muy reciente, y hay que reconocer que se esfuerzan mucho, y que el lugar podría ser mágico,  pero que también les queda un largo camino por recorrer. Aunque intentan desesperadamente complacer al turista en un montón de aspectos, y eso lo valoramos muchísimo, fallan en otros, especialmente en cuestiones de organización y limpieza. En ese punto nos dimos cuenta, y luego confirmamos en todos los otros lugares donde estuvimos, que en las zonas urbanas no encontraríamos buenas playas, ya que no hay una conciencia arraigada de mantener el mar, la costa y el entorno en general, limpios. Todavía perdura la convicción de que el mar traga todo, pero en los tiempos que vivimos, los plásticos, sobre todo perduran. Otra cosa es que en el Hideaway, al tener cada pequeño grupo, pareja o viajero solitario un asistente más una bangka para cada uno, al final la organización termina siendo tremendamente ineficiente y las costas de las islas, y sobre todo los corales, terminan atestados y arruinados de tanto tráfico. Quizás la mejor opción hubiese sido la de contratar las excursiones, alojamientos y comidas por libre, como siempre lo hacemos, de esa forma no hubiésemos dejado todo el dinero en manos de una sola empresa, quizás unipersonal, y en cambio lo hubiésemos repartido de forma más equitativa comprando los servicios a distintos pequeños comercios o empresas locales.


(foto cortesía Leon Wu) )

Por la mañana pagamos nuestra cuenta de la que nos descontaron el malogrado desayuno pero a la que querían añadir unas tasas y las propinas (que dimos en persona a nuestro asistente, no a la encargada). Nos trasladaron de nuevo hacia donde partían las bangkas y con toda la gente del pueblo, que también comenzaban sus actividades después de año nuevo, volvimos a cruzar hacia Estancia. El contraste de actividad en el pueblo era realmente notorio. Junto con Leon, fuimos hasta la terminal de buses y nos subimos en el primero que salía con rumbo a Iloilo. Leon nos obsequió, aparte de pagar el triciclo, con snacks y bebidas, y más adelante en una parada le compramos a un vendedor unos pastelitos de arroz y coco horneados a la leña que se llaman babingkas, y que son realmente deliciosos.






Al llegar a la nueva terminal de buses de Iloilo, después de otras 3hs de recorrido, Leon nos guió  y pagó la tarifa del taxi hasta un centro comercial donde había wifi para que nos conectemos y decidamos donde seguir con nuestro viaje. En ese punto estábamos un poco desencantados y barajábamos seriamente las opciones entre si quedarnos en Filipinas y continuar con nuestro plan original o aprovechar el aeropuerto internacional de Iloilo para seguir por algún otro país del sudeste asiático.













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